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El mundo laboral está lleno de situaciones que requieren de un sutil balance entre la astucia y la diplomacia, pero quizá la más peliaguda de todas ellas, la más delicada, es aquella que se le plantea al trabajador cuando pretende solicitar un aumento de sueldo.
No es una carta que se pueda jugar cada año (al menos no normalmente), así que hay que echar mano de una cuidadosa planificación en la que juega una parte fundamental un diagnóstico previo de la situación: ¿por qué crees que mereces cobrar más? ¿tu sueldo ha permanecido congelado mucho tiempo? ¿tienes la certeza de que hay personas con un cargo similar al tuyo que cobran mejores sueldos? ¿estás dispuesto a asumir más responsabilidades en caso de que te lo pidan como contraprestación? ¿o a cambiar de puesto o de departamento?
Cuanto más claras tengas las respuestas, mejor cimentada estará tu petición y más difícil lo tendrá tu jefe para negarse, ya que lo ideal en estos casos es plantear el aumento como una negociación en la que cada una de las partes ofrece algo.
Una vez tomada la decisión y repasados los argumentos, hay que esperar al momento oportuno. Ni el mejor empleado del mundo conseguiría un aumento si la empresa en la que trabaja se está yendo a pique, así que lo mejor es plantear la cuestión durante un ciclo de crecimiento empresarial, cuando detectes una cierta euforia en el sector o poco después de finalizar un proyecto exitoso. Mejor aún si tu intervención en él ha sido destacada. No sólo la dirección estará en mejor disposición de ofrecerte un aumento, sino que además tendrá menos argumentos para denegártelo.
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